Y rascas la silla, rascas la mesa; te muerdes el labio y te comes el cabello; miras la ventana, caminas y respiras.
Regresas.
Regresas.
Entonces la radio, entonces los libros y la tele, entonces papel y pluma.
Divagas, te mientes en tu propia cara sin tener que verte ante el espejo; dibujas, razonas y después te das cuenta de que en realidad tus acciones no tienen sentido.
Las ansias te anhulan, te borran; un baño, agua fría, lo que sea. Y caminas desnuda por el cuarto. Más ventana, más aire.
Más espera.
¡Basta! ¿Basta? ¿Basta qué?
Buscas sonidos, los pasos, las voces. Escupes y escupes cabello: como gato. Te das asco, te rascas y sangras y ahora son rasguños.
Ya no escuchas nada, es la ventana, los carros, las casas. La cierras y te recuestas en el suelo.
Ya no escuchas nada, es la ventana, los carros, las casas. La cierras y te recuestas en el suelo.
Respiras de nuevo. Los pasos, sus pasos. El tac, tac de su caminado disparejo, las llaves abriendo la puerta.
Te levantas de un salto y caminas, corres a su encuentro y la puerta se abre.
No hay nadie.
No hay nadie.

¿Paranoia?
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