8.9.11

Monomanía



Mírame. Mírame. ¡Mírame!
¿Notas la desesperación en mi cara? No es normal. Para nada. ¿Quién te dió permiso de irrumpir en mis sueños? No eres dueño ni de tus propias acciones y te crees capaz de mandarme.




¿Puedes tocar mis manos? Anda, no es como si te quisiera ahorcar, tú eres el que me impide respirar. Patética ¿cierto? Son cuestiones fáciles de entender. ¡Vaya! Una sonrisa, ¿Qué te costaba?
Sé el aspecto que tengo, sé que mi tacto se ha vuelto gélido, pero no te culpo. A pesar de que me dejaras, yo decidí aislarme, yo elegí libremente darle la espalda al mundo.
Pero no merecía ser encerrada. Mucho menos aquí. ¿Te das una idea de los horrores que se escuchan por la noche? A los locos nadie les cree, mucho menos si dicen que no están locos. Es como su tarjeta de presentación. ¿Quieres que el mundo te vea con extrañez? Dile que estás cuerdo.
Y ésta camisa, me dificulta todo movimiento. Piensan que los atacaré, que soy alguna clase de animal que busca venganza. Pero me he rendido, por lo menos con eso. Es inútil, tan inútil como tratar de salir de aquí.
No te perseguía. ¿Por qué pensar eso? Tan solo te admiraba, desde lejos, desde el puente por la madrugada, mientras corrías. Estaba segura de que tarde o temprano te darías cuenta de que existía. No sabía que me encontraba en un columpio y que a pesar de sentir la subida, iba en picada, de bajada, cayendo. Y yo que creía que eras tú el que me empujaba.
¡Malditas drogas! Tres veces al día: noche, tarde y mañana. No puedo pensar. Todo se oscurece y es como…
Los pájaros. Entonces estás volando lejos. Y llega alguien y te dispara, caes.
No me conocías, emprendí vuelo sin brújula e incluso llegue a pensar que tú me darías el mapa. Comenzaste a verme, no como lo haces ahora, sino de una manera chocante. Ahora tienes miedo, como si representara peligro. ¿No entiendes? Estoy atada, son tus cuerdas, es tu camisa.
Yo te amaba, ¡ah, sí! Te amaba. Paranoicamente te creí mío e inventé mil y una historias en mi cabeza: charlas, abrazos que no me diste y besos que se esfumaron con el viento.  Llegué a extrañar tu ausencia, esa que siempre estuvo y de la que yo nunca rendí cuentas.
Después te vi con ella y perdí la paciencia, la mucha o poca que quedaba después de todos esos meses. ¿Te sorprendes? Te conocía desde antes, desde que te sentabas en el café de la esquina del parque hasta que te dormías justo en frente de mi ventana.
Yo soy la que no esperaba esto. Tú sí me sorprendiste.
¿De qué se trata esta entrevista? Nadie quiere conocer a los fantasmas que le acosan. Todos huyen, nunca enfrentan a sus demonios, los encierran en esa pequeña puerta detrás de la memoria. Y tú me dejaste salir para atraparme de nuevo. En ésta cárcel, injusto encierro.
No importa. Ahora sé que por las noches te acosaré incluso sin mi presencia. Sé que piensas en mí, sé que te persigo y sé que me temes.
Gracias a eso duermo, no te he dejado solo, te conseguí un recuerdo desagradable para brindarte la incomodidad necesaria y que no puedas olvidarme.
Y así, aunque esté reclusa y obligada a escuchar a un loquero decirme que tengo cura cuando no es así, aunque el mundo jamás haya notado mi rostro o mis palabras, existo.
Existo porque me piensas.
Y eso, para alguien como yo, es suficiente.

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